El Origen de la Guerra Total

 El Origen de la Guerra Total

Las razones por las que Napoleón arrasó los ejércitos de media Europa: así nació la «guerra total»

La guerra, según vaticinó dos décadas antes Guibert, ya no sería un elegante deporte de reyes. Los ejércitos no se alinearían cortésmente en pulcras líneas de infantería, como en tiempos de Federico II de Prusia, sino que implicarían a una escala desmesurada de reclutas, embarcados en guerras ideología nacional.

El hombre del siglo. El Gran Corso. El tirano Bonaparte. El Ogro de Ajaccio (en referencia a su lugar de nacimiento). El Usurpador Universal. El alma del mundo a caballo. Napoleón Bonaparte recibió muchos apodos y todavía más títulos en la odisea militar que le llevó a derrocar reyes como quien descorcha botellas de vino, tomar Berlín, Viena, Madrid y, en definitiva, cambiar las reglas del juego.

Napoleón, uno de los grandes estrategas de la historia, llevó a su máxima exposición una manera de combatir conocida como la «guerra total». Frente a las viejas tácticas del siglo pasado donde los ejércitos se enfrentaban en una serie de escenarios militares limitados para canjear luego sus victorias o derrotas en las mesas diplomáticas, el corso no se conformaba con vencer al enemigo o lograr ventajas territoriales, también necesitaba aplastar las estructuras del oponente y llevar al colapso sus Estados.

Buena prueba de ello fue la batalla de Jena (14 de octubre de 1806), donde un ejército francés prácticamente similar en efectivos aplastó con facilidad a 53.000 prusianos, considerados hasta entonces los mejores soldados de infantería del continente, mientras que en Auerstedt, a pocos kilómetros, otro ejército de aproximadamente 50.000 prusianos fue sometido por una fuerza francesa la mitad de numerosa. En cuestión de unas semanas, el Rey Federico Guillermo III perdió prácticamente todas sus fuerzas armadas y quedó a merced de Napoleón.

«En el combate, se trata de hacer que huya el malvado enemigo, no de exterminar a la especie humana»

Otro tanto de lo mismo se puede decir del duelo de Napoleón con el Emperador Habsburgo, dinastía austriaca que en condiciones normales ni siquiera hubiera dado los buenos días a su rival pero que tuvo que aceptar, a base de derrotas como la de Austerlitz, que el mundo había cambiado. «En el combate, se trata de hacer que huya el malvado enemigo, no de exterminar a la especie humana», afirmó un jinete austriaco participante en la Guerra de los Siete años que, por descontado, no llegó a conocer los métodos de Napoleón. Por no hablar de la forma en la que el comandante francés despachó los reinos de España y Portugal simplemente valiéndose del despliegue de sus tropas.

 

La doctrina de la «guerra total»

El historiador Richard Bassett resume en el libro «Por Dios y por el káiser» (Desperta Ferro, 2018) las cualidades de Napoleón como «un notable instinto estratégico, un gusto intelectual por la ciencia de la guerra, sobre todo por la potencia del correcto despliegue de la artillería; y, una habilidad sin igual para inspirar a sus tropas, […] aparte de una enorme buena suerte, la capacidad de comprender de un coup d’oeil la situación en el campo de batalla y una energía casi frenética».

Pero, a pesar de sus numerosas cualidades, la verdad es que, de la misma forma que ni Rommel ni Patton inventaron la guerra relámpago (la Blitzkrieg), tampoco fue Bonaparte quien sentó la doctrina de esta forma de hacer la guerra que tan bien manejaba. Las tácticas del corso bebieron de teóricos de la Ilustración como Jacques Antonie Hippolyte, Conde de Guibert, autor prácticamente desconocido hoy en día pero que gozó de gran prestigio en los últimos gobiernos de Luis XVI.

Dos décadas antes antes de que explotara la Revolución francesa, este aristócrata habló en un tratado titulado «Essai général de tactique» (París, 1771) de una nueva forma de hacer la guerra a cargo de ejércitos de ciudadanos, capaces de los mayores sacrificios por defender su nación. La nación en armas que tan bien dirigiría Napoleón contra sus enemigos y que, a su vez, estos emplearon con el tiempo contra él en forma de milicias austriacas o insurgentes españoles.

La guerra, según Guibert, ya no sería un elegante deporte de reyes. Los ejércitos no se alinearían cortésmente en pulcras líneas de infantería, como en tiempos de Federico II de Prusia, sino que implicarían a una escala desmesurada de reclutas, embarcados en guerras de ideología nacional en la que las distinciones entre civiles y soldados se desdibujarían y el escenario del conflicto se ampliaría de forma brutal para ocupar no solo zonas bien conocidas de combate, sino también países enteros.

Los ejércitos serían más móviles, libres de los pesados trenes de abastecimiento que iban tras los soldados con alimentos y medios para sostener la campaña. Lo que el aristócrata venía a sugerir es que los ejércitos se alimentaran de los recursos de las poblaciones que iban ocupando mediante saqueo, en vez de que, como se venía haciendo en el último siglo, obtuvieran sus recursos de sus respectivos estados. A Napoleón, como bien comprobaron españoles, rusos, italianos, austriacos y alemanes, esa idea del pillaje hasta de obras de arte le entusiasmó.

Lo que el aristócrata venía a sugerir es que los ejércitos se alimentaran de los recursos de las poblaciones que iban ocupando mediante saqueo.

Guibert fue una de los grandes intelectuales de su tiempo y el responsable de reformar la infantería y la caballería de Luis XVI, al que por desgracia de poco le sirvió. No en vano, su tratado apenas fue leído por unos pocos militares, entre ellos Napoleón. Hubo que esperar a las condiciones idóneas para que Europa asimilara el vaticinio de este arquitecto de la hegemonía napoleónica, quien dejó escrito sobre la posibilidad de que apareciera «en Europa un pueblo que, a las virtudes austeras y a un ejército ciudadano, añadiera un plan predeterminado de agresión, que se atuviera a este y que supiera cómo dirigir económicamente la guerra y vivir a expensas del enemigo […], un pueblo así sometería a sus vecinos y derrocaría nuestra débil Constitución como un vendaval doblega las cañas».

 

De la guerra defensiva a la ofensiva

Cuando el conde escribió esta definición exacta de lo que iba a ser la Revolución francesa, faltaban casi treinta años para que el Antiguo Régimen saltara por los aires. Sus ideas cruzaron primero el charco y se pusieron en práctica en la fase final de la Guerra de Independencia de EE.UU. Al declarar Prusia, Austria y otras monarquías la guerra a los revolucionarios franceses, en abril de 1792, la Convención llamó a la guerra total de Guibert para defender las fronteras:

«A partir de este momento, y hasta que los enemigos hayan sido expulsados del territorio de la república, todos los franceses están sujetos a la leva permanente. Los jóvenes irán al combate; los casados forjarán armas y transportarán alimentos; las mujeres confeccionarán tiendas y uniformes y servirán en los hospitales; los niños prepararán vendas con telas viejas; los ancianos comparecerán en los lugares públicos para insuflar valentía a los guerreros, predicar el odio a los reyes y la unidad de la República».

Un joven oficial de orígenes relativamente humildes fue quien mejor comprendió, en medio del caos revolucionario, las opciones ofensivas que permitían esta nueva forma de hacer la guerra. Fue Napoleón quien, prometiendo fama y comida a sus soldados en vez de ideas abstractas, llevó la ofensiva más allá de las fronteras tradicionales. Desde sus primeras campañas italianas, el Gran Corso implantó esta filosofía entre sus andrajosas y hambrientas tropas con enorme éxito. En marzo de 1796, el general de solo 26 años prometió, literalmente:

«Voy a conduciros a las llanuras más fértiles de la tierra. Provincias ricas y ciudades opulentas, todo estará a tu disposición; allí hallaréis honor, gloria y riqueza. ¡Soldados de Italia! ¿Os faltará coraje y aguante?».

«¡Soldados de Italia! ¿Os faltará coraje y aguante?»

Las fértiles tierras de Lombardía confirmaron que era posible vivir de las provisiones locales. Este factor permitía realizar movimientos rápidos en momentos claves, pero no podía sostener largas campañas. Otros terrenos más inhóspitos recordarían en el futuro el gran riesgo que había de depender del saqueo para alimentar a tantas bocas. Rusia, más que nadie, sería la lección final.

Frente a rusos, prusianos, austriacos e ingleses, Napoleón fue durante más de una década un ser casi invencible gracias a su ingenio personal y a las circunstancias en las que desarrolló su trayectoria. En palabras de John A. Lynn, uno de los autores del libro «Historia de la guerra» (Akal, recientemente reeditado), las principales razones que llevaron a Napoleón a acumular tal cantidad de victorias estuvieron relacionadas con el haber heredado un ejército revolucionario, que incluía unos reclutas entregados a la causa, un cuerpo de oficiales basado en el talento, unos generales probados en combate y un sistema táctico flexible superior al de los enemigos de Francia.

«Los soldados napoleónicos no eran ya los revolucionarios de 1793-94, pero seguían siendo franceses, hijos de su nación, devotos de ella e inspirados por su líder», señala A. Lynn. Napoleón reorganizó las estructuras militares y aprovechó el renacer de la caballería francesa. También eso se lo debía en gran medida a Guibert.

(www.abc.es)

admin

0 Reviews

Write a Review

Entradas